construyendo la alternativa política que Colombia necesita y se merece.
TALLER NACIONAL PROGRESISTA
El 14 de septiembre se llevará a cabo un taller nacional progresista con la idea de debatir la participación del progresismo en la propuesta de integración con el partido Verde y con el movimiento Compromiso Ciudadano, entre otros grupos y sectores.
El día anterior, jueves 13, se reunirán los jóvenes para analizar su situación dentro del progresismo, y para acercar posiciones sobre el que hacer en estas circunstancias.
PROGRESISTAS
Primer Movimiento Político de construcción colectiva del siglo XXI
¿QUÉ ES SER PROGRESISTA?
ALGUNOS LO DEFINEN COMO UNA ACTITUD, Y TIENEN RAZÓN. OTROS LO ENTIENDEN COMO UNA CONCEPCIÓN DEL ESTADO, Y TAMBIÉN TIENEN RAZÓN. PERO LOS QUE PERTENECEMOS AL MOVIMIENTO NACIONAL PROGRESISTA SABEMOS QUE ES UNA PROPUESTA POLÍTICA ALTERNATIVA, CUYA DEFINICIÓN ESTÁ EN CONSTRUCCIÓN Y CUYA ORGANIZACIÓN ESTÁ EN PROCESO, Y QUE HA HECHO PRESENCIA EN LA POLÍTICA NACIONAL DESDE HACE MUCHO TIEMPO.(Julián Mejía B.)
Al final del blog encontrarán una propuesta, escrita por Julián Mejía Botero, que de paso recoge otras propuestas y aporta construcciones colectivas hechas en Caldas, y sobre la que podemos seguir buscando consensos. Los invitamos a que la lean y opinen al respecto.
El senador y precandidato presidencial, Gustavo Petro, manifestó su más profundo rechazo al golpe de Estado que se acaba de producir en Honduras e hizo un urgente llamado a los gobiernos de Colombia y Estados Unidos para que actúen en contra de este hecho de facto contra la democracia en América Latina. "Un golpe de Estado en pleno siglo XXI en América Latina, es inaudito. Como candidato presidencial expreso mi más profundo rechazo. No son admisibles más golpes militares a la democracia en América, y en esa medida, le exijo al presidente de mi país, Álvaro Uribe Vélez, que presione la convocatoria del Consejo de la Organización de los Estados Americanos (OEA) lo más pronto posible, para aislar ese golpe militar y al gobierno ilegítimo de Roberto Micheletti, que se acaba de instalar vulnerando la Constitución de Honduras", manifestó Petro. "Le pido, igualmente, al presidente Obama que actúe de inmediato porque ésta es la oportunidad que él tiene para demostrar que definitivamente las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, hacia adelante y hacia al futuro, serán entre iguales, en la democracia, dentro de la razón, y no a partir de este entendimiento, de la fuerza bruta de los fusiles de los golpes de Estado", concluyó Gustavo Petro.
tomado de la página de CARLOS VICENTE DE ROUX Junio 10 de 2009 El tinglado político y jurídico que requiere la segunda reelección del presidente Uribe –la aprobación del referendo por el Congreso y la Corte Constitucional y la participación de siete millones de votantes– está corriendo el riesgo de venirse abajo, como es de público conocimiento. Eso no implica que los factores de fondo que obran contra la reelección hayan perdido significado. Dichos factores son, entre otros, el derrumbe de la arquitectura republicana del Estado (división de poderes, relevo presidencial periódico…), la crisis de derechos humanos, la alianza del ejecutivo con lo peor de la clase política y las exenciones y privilegios a diversos sectores empresariales, a costa de un desarrollo orientado a la equidad. Esos elementos, vale acotarlo, explican el surgimiento de un uribismo no alvarista, que apoya la seguridad democrática y otras políticas del presidente pero desaprueba la reelección. Se ha venido configurando, entre tanto, un abanico de precandidatos independientes y del liberalismo que, como los del Polo, comienzan a calificar en las encuestas. Todo esto le abre posibilidades alentadoras al campo no uribista del espectro político, pero a condición de que todas las fuerzas que lo componen converjan en una sola fórmula electoral. La convergencia no es fácil porque ese ámbito tiene muchas vertientes: los pos-uribistas, que no están ni a favor ni en contra del presidente, los antiuribistas tibios, los duros, etc. Y algunas de las figuras más destacadas del campo en cuestión le apuestan a recoger el apoyo del uribismo no alvarista. El Polo accede a ese escenario en una situación compleja. En el 2006, con sus 2.600.000 votos, se convirtió en el centro de atracción de esa inmensa minoría que ha permanecido fiel a los valores del Estado Social de Derecho menoscabados por la gestión presidencial. Pero sus logros fueron esencialmente simbólicos. Ahora, en cambio, el campo no uribista ha crecido, está convirtiéndose en una alternativa de poder y el Polo puede jugar un importante papel allí. Sin embargo, el Polo ha perdido el impulso que tenía como promesa de transformación hace 4 o 5 años, porque no ha estado a la altura de la misma al frente del gobierno de Bogotá. Por fortuna sus dos precandidatos presidenciales, Carlos Gaviria y Gustavo Petro, son hombres de principios y están comprometidos con la administración ética de lo público y la realización de reformas de gran envergadura.Esto no significa que el Polo no pueda formar parte de una amplia coalición democrática. Como ha explicado su presidente, el partido condena la violencia como forma de acción política y reivindica el monopolio de las armas por el Estado. Ni la palabra socialismo ni la supresión de la propiedad privada forman parte de su ideario. Éste gira alrededor de la consolidación del Estado Social de Derecho de la Constitución del 91 y de un modelo económico que busca el crecimiento de la riqueza y, sobre todo, la universalización de los derechos económicos y sociales. Para el PDA la agenda tiene cuatro metas, cada una más exigente que la anterior: impedir la reelección de Uribe; evitar que triunfe cualquier otro candidato ungido por el uribismo o comprometido con el conjunto de sus políticas; participar en un gobierno de coalición que implemente una parte significativa del ideario del propio Polo, y conquistar el poder para poner en práctica la totalidad de ese programa. Si el PDA subestima su fuerza electoral se trazará dentro de esa secuencia de objetivos unos inferiores a sus posibilidades. Si la sobredimensiona dejará de alcanzar metas que, no siendo las más audaces, también tienen importancia. Con todo, cabe una advertencia. Un partido como el Polo difícilmente puede contentarse con ponerle votos al logro de las primeras dos metas de la secuencia, sin incidir en el programa que apliquen quienes lleguen al gobierno. Podría terminar avalando una gestión gubernamental que no solo desconozca del todo la plataforma del PDA sino que atente contra sus principios y valores. Sería quimérico pensar en un triunfo electoral del Polo por fuera de una amplia convergencia. De todos los escenarios el que mejor combina las apuestas de peso con una apreciación realista de las cosas, es el de participar en una coalición que frustre la reelección de Uribe y la de sus políticas e incorpore en su plataforma de gobierno buena parte del ideario del PDA. Ahora bien, se requerirá un arduo trabajo para acordar el perfil programático de la alianza, movilizar sus fuerzas y difundir un mensaje común capaz de seducir al electorado. Para eso no bastan los escasos días que mediarán entre la primera y la segunda vuelta de la elección presidencial. De manera que tanto el programa como el candidato presidencial de la convergencia deben definirse meses antes de los comicios. Gustavo Petro lo ha propuesto así y merece ser apoyado.
El 5 de marzo de 1933 los nazis recolectaron 17.164.000 votos. Los comunistas, a pesar de la violenta represión, reunieron 4.750.000 votos y los socialistas casi 7 millones de votos. El nuevo Reichstag se componía de 288 diputados nacional-socialistas, 118 socialistas, 70 de centro, 52 nacionales alemanes, 28 populistas bávaros y 81 comunistas. Los nazis solo lograban el 43.9%. Entonces “invitaron” a los comunistas a no sentarse. La eliminación de los comunitas permitió a los nazis disponer del 52 por ciento. Por esas mismas calendas, existían en Alemania tres grupos de sindicatos: la Confederación General de trabajo y los independientes que entre ambos sumaban 4.500.000 miembros, más los sindicatos cristianos que contaban con 1.250.000 afiliados. Toda una fuerza obrera, la mayor y más poderosa de Europa, si se quiere del mundo: el 85 por ciento de los trabajadores estaban sindicalizados. Entre todos, pero divididos, no lograron frenar la máquina de terror naciente.
No es la idea tratar de asemejar lo que en esa época sucedía en Alemania con lo que hoy pasa en Colombia, que es bien diferente, pero si de hablar de algunas similitudes en el sentido de cómo se movían las fuerzas políticas que colisionaban y que al final, aún siendo minoría, los nazis se impusieron sobre una mayoría de partidos y fuerzas que no atinaron a unirse para enfrentarlos.
Similitudes que hacen de la próxima contienda electoral por la presidencia una fecha decisiva para la democracia colombiana, toda vez que una coalición autoritaria amenaza con hacerse al poder indefinidamente. Semejanzas de las cuales podríamos sacar algunas lecciones para no repetir. La coalición de Uribe pugna por su tercer mandato y las fuerzas contrarias, hasta hoy, no logramos cuajar un frente o coalición democrática que impida que el uribismo siga gobernando. Pero lo peor es que quienes están llamados a liderar la unión de los demócratas creen que podemos darnos el lujo de ir a la primera vuelta separados. Primera vuelta en la que puede repetirse, con Uribe o sin él, el triunfo del uribismo, como pasó en la primera y segunda elección.
En los años críticos del auge nazi (1928-1933), el VI Congreso del partido comunista Alemán adopta la consigna de “clase contra clase”, agrupando y señalando como enemigas a las fuerzas de la burguesía en bloque. Caso contrario hacía la izquierda y los demócratas españoles que se unieron en los Frentes Populares Antifascistas, impulsados por el VII Congreso en 1935, con lo cual cosecharon el triunfo electoral en 1936.
Algo parecido propone el sector que lidera Carlos Gaviria en el Polo, “partido contra partido” hasta la primera vuelta y… después se mira.
La errónea orientación de “clase contra clase” establecía dogmáticamente el enfrentamiento del proletariado contra la burguesía, considerados como un bloque granítico y sin fisuras. Los comunistas alemanes no establecieron con nitidez que clase o clases constituían el blanco principal, ni que contradicciones internas tenían entre sí.
En términos marxistas, el proletariado alemán no supo a la luz de la estrategia general, unir a todo lo unible contra el enemigo principal encabezando y ganándose las clases populares y atrayendo a las fuerzas vacilantes o intermedias. No supo aprovechar las contradicciones existentes entre los enemigos y formular tácticas que concentraran la lucha y golpearan al enemigo principal en el punto más débil de su proyecto político.
En Colombia, como vamos, puede pasar algo parecido, que la coalición gobernante a punta de prebendas logre mantener su fuerza unificada y los que estamos al otro lado nos dividamos por miopía. La fuerza uribista agrupa varios partidos, y en la otra orilla están el partido Liberal, el Polo y el llamado centro. Lo políticamente correcto sería el enfrentamiento entre dos coaliciones y no la colisión entre partidos que no están con la reelección. El Polo es el llamado a liderar esa coalición, tal como Petro lo viene recalcando en su gira nacional.
Unidos el Polo, liberales, más el centro y otros sectores intermedios, la batalla sería a otro precio. No en vano el uribismo se pelea a mordiscos a Cambio Radical, pues saben que si este se decide por el liberalismo, pierden un pilar de su coalición. Solo un sector del Polo se da el lujo de rechazar posibles aliados para la batalla de marzo próximo.
Simplificando, todo se reduce a quien es capaz de armar la fuerza más poderosa para enfrentar a la otra y definitivamente esto es un problema matemático, el de saber sumar. Eso de no desdibujarnos, de conservar la pureza de la línea, que la alianzas son autodestructivas, no pasa de ser una estupidez de quienes se jactan de dirigentes políticos, lo que podría llevarnos al desastre, no solo al Polo, también a la democracia.
El presidente colombianoÁlvaro Uribe, quiere atornillarse al sillón. No es el primero ni será el último. Sus razones son las mismas tres de siempre. Primero, Uribe considera que no están cumplidas sus metas para transformar al país. Segundo, Uribe estima que sólo con él al frente de la transformación está garantizado el éxito. Tercero, Uribe considera que el objetivo es tan importante que justifica cambiar cualquier regla que, a priori, le impediría seguir gobernando.
Claro que Uribe no lo dice todavía. Tocar la Constitución, y por segunda vez, es un tema delicado. Puede dañar su imagen en el exterior. El líder opositor Carlos Gaviria ya lo está llamando dictador populista. Entonces debe esperar a que el pueblo le suplique, prácticamente lo obligue a seguir adelante. Entonces Uribe no se pronuncia, pero la maquinaria está en marcha.
Esta semana la coalición parlamentaria encabezada por el partido que él creó para asegurarse su reelección anterior, el Partido U, logró que el Senado colombiano aprobara un referéndum para habilitar la candidatura de Uribe para un tercer mandato de cuatro años en el 2010. El proyecto del Senado debe compatibilizarse con el que ya se había aprobado en diputados el año pasado, y que habilita un tercer término pero sólo a partir del 2014. Y la ley re-reeleccionista debe aprobarse antes de septiembre porque en Colombia los candidatos deben inscribirse con seis meses de antelación. El tiempo apremia y falta dar algunos pasos, pero Uribe ya hizo bastante, o por lo menos permitió que hicieran bastante por él. Para empezar, sus seguidores juntaron los millones de firmas requeridas para llevar el petitorio al Congreso. Aunque el financista de la iniciativa, David Murcia Guzmán, fue detenido por defraudación y el financiamiento de la campaña está siendo investigado por la Justicia.
Ni ese detalle, ni los chanchullos de la “parapolítica”, ni el drama de los cuatro millones de desplazados por el conflicto armado, ni el escándalo de los “falsos positivos” asesinados por el ejército para engordar sus estadísticas antiterroristas, ni el fraude del 2006, cuando la diputada Yidis Medina vendió su voto en el Congreso para habilitar la primera reelección de Uribe, ninguno de estos antecedentes hace mella en la campaña re-reeleccionista.
Lo que importa es que Uribe tiene mayoría parlamentaria y el apoyo del 75 por ciento de la población. Con eso alcanza y sobra. La primera regla de la democracia es que la mayoría manda. La segunda es que la mayoría puede cambiar cualquier regla, salvo la que dice que la mayoría manda.
A la hora de estirar mandatos, los expertos recomiendan hacerlo no sólo con el voto de la mayoría, sino con el mayor grado de consenso posible entre los distintos grupos de interés que interactúan dentro de un país. Pero a veces no se puede.
Uribe no está solo en su ambición. Correa acaba de ser reelegido en Ecuador estrenando Constitución. Evo Morales en Bolivia va en camino de lograr lo mismo. En febrero, Hugo Chávez ganó un referéndum que habilita su reelección ilimitada para ensayar su camino al socialismo.
Hay distintas razones para cambiar las reglas de permanencia en el poder. Chávez, Correa y Morales lo hacen porque lo creen imprescindible para refundar un sistema político colapsado porque no ha sabido incluir a sectores populares o grupos étnicos.
Las razones de Uribe son más discutibles. Quiere asegurar la competitividad de Colombia en la economía global a través de inversiones extranjeras, alineándose sin medias tintas con los Estados Unidos. Quiere, sobre todo, aniquilar a la guerrilla que mortifica a su país desde hace medio siglo, y cerrar para siempre la posibilidad de cualquier salida negociada al conflicto. En cambio otros presidentes, operando en sistemas políticos más estables, han resistido la tentación.
Ricardo Lagos, en la cima de la popularidad, acató sin chistar los únicos cuatro años de mandato que concede la Constitución chilena y apostó a remozar el proyecto de la Concertación con la innovación de género que representó la candidatura de Bachelet.
En Uruguay, Tabaré Vázquez, sin dudas el político más popular de su país, dejó volar algunos globos de ensayo reeleccionistas, ostensiblemente para posicionar mejor a su candidato, Danilo Astori. Pero en las últimas semanas se ha corrido del escenario para permitir que su Frente Amplio desarrolle su proceso de internas, donde tres candidatos diferentes pero parecidos llevan adelante un verdadero debate de ideas sin agresiones ni chicanas baratas.
El brasileño Lula, quizás el presidente más popular del planeta, líder indiscutido del gobernante PT desde su fundación, está a punto de cumplir sus dos mandatos. Las encuestas dicen que es el único que le ganaría al candidato del centroderecha, José Serra, en las elecciones del año que viene, y en palacio le ruegan al presidente que se quede un tiempo más, blandiendo las mismas tres razones de siempre. Pero Lula insiste en sostener la candidatura de Dilma Rousseff, su jefa de gabinete, que lucha contra un linfoma.
Todos son democráticos, los que se quedan y los que se van. Pero los que fuerzan las reglas para quedarse más tiempo generan regímenes hiperpresidencialistas. Así, con más o menos intencionalidad, por el propio peso de su permanencia en el poder, termina copando el Poder Legislativo, cooptando al Poder Judicial y desgastando a las instituciones supuestamente encargadas de controlarlos.
Uribe ha acusado sin pruebas a la Corte Suprema, nada menos, de urdir un complot en su contra. También mantiene una relación tormentosa con las organizaciones no gubernamentales que monitorean las consecuencias del conflicto armado en su país. Decenas de aliados suyos en el Congreso han sido arrestados por connivencia con grupos paramilitares. Y la relación con sus vecinos dista mucho de ser la mejor desde que violó el derecho internacional para cazar guerrilleros en Ecuador y Venezuela.
En estos tiempos de política líquida y personalista quizá sea una utopía para algunos países aspirar a un sistema con partidos fuertes, debates programáticos y acuerdos sobre reglas de juego y políticas de Estado que se mantienen a través del tiempo. Quizá pasó el tiempo del formalismo vacío de las democracias representativas que fracasaron en muchos países de Latinoamérica.
Pero en algunos países latinoamericanos la democracia representativa sobrevive, en parte gracias al renunciamiento público o privado de sus máximos líderes. Y hay que decir que son esos países los que hoy gozan de sistemas políticos más estables y más consolidados. ¿Qué quiere decir eso? Que tienen un armado institucional más fuerte para mediar entre pueblo y gobernante. Ese armado sirve de amortiguador para frenar crisis incipientes.
En cambio en los regímenes hiperpresidencialistas cualquier conflicto, por menor que sea, trepa hasta el despacho del mandatario. Por eso esas sociedades parecen vivir de crisis en crisis.
Otra debilidad que aqueja a los regímenes hiperpresidencialistas es la necesidad constante de legitimarse a través de elecciones plebiscitarias o índices de aprobación altísimos en las encuestas de opinión. Esta situación obliga al líder personalista a estar en permanente campaña y lo inhibe a la hora de tomar decisiones que pueden no ser populares pero necesarias para el bien común.
La dialéctica de confrontación que supone esta constante comparación validatoria lleva a la polarización de las sociedades hiperpresidencialistas, lo cual hace aún más urgente y necesaria –pero también más costosa – la patriada que justifica la permanencia del líder en el poder.
En el caso de Uribe, es obvio que el hastío tras medio siglo de conflicto armado y negociaciones fracasadas ha generado una demanda de mano dura en la población colombiana, una demanda de Estado fuerte, concentrado y paternalista, conducido por un líder militar que haga lo que hay que hacer para terminar con la inseguridad. Aunque a falta de una salida política la posibilidad de una derrota militar final y definitiva de la guerrilla colombiana es poco menos que una utopía –por razones económicas, socioculturales y hasta topográficas –- Uribe no tiene margen para intentar otra cosa.
¿Por qué? Porque Uribe invoca la demanda de la mayoría de acabar con la guerrilla para justificar su permanencia en el poder. Como no puede ganar, no se puede ir. Entones se atornilla al sillón para salvar a la patria.
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León Valencia Tomado de EL COLOMBIANO.COM Colaboración del blog del Polo Democrático Independiente de Risaralda
Con la salida de Lucho Garzón del Polo Democrático se acabó la ilusión de tener un solo partido de izquierda en el país y se abrieron las puertas a la construcción de un proyecto de centro izquierda genuinamente civilista y profundamente comprometido con la renovación de las costumbres políticas. La experiencia mundial decía que no era posible reunir a la izquierda de inspiración comunista y a la de talante socialdemócrata en un solo agrupamiento partidario, pero, la debilidad en que estaban estas fuerzas al empezar el siglo en Colombia, llevaron a considerar esta como la mejor opción para intentar presentaciones electorales decorosas. La unidad dio frutos al principio: la conquista de la Alcaldía de Bogotá, la consolidación de una bancada parlamentaria respetable, la obtención de gran votación en las elecciones presidenciales del 2006. Se tuvo entonces el sueño de que por fin la izquierda podría llegar a la casa de Nariño. Un gran esfuerzo por conectarse con la opinión pública y por vincular a grupos y líderes de distintas procedencias ideológicas, fueron las principales razones de los triunfos. El carisma y el olfato político de personas como Lucho Garzón, Carlos Gaviria, Gustavo Petro, Antonio Navarro y otros contribuyeron a este ascenso de la izquierda. Pero bien pronto empezaron a aflorar las diferencias y las ambiciones. Una parte de los dirigentes, especialmente los miembros del Partido Comunista y del Moir, se opusieron a que el Polo continuara ampliándose a nuevos sectores y apoyara a líderes independientes y progresistas en las elecciones locales del 2007. También han rechazado una gran política de coalición para enfrentar al uribismo en las elecciones presidenciales que se avecinan. Así mismo desataron una campaña para hacerse al control del aparato partidario mediante la movilización de su vieja militancia y la tramitación de acuerdos internos. La disputa del voto de opinión, la apertura del partido hacia otros sectores y la preocupación por los problemas nacionales empezó a perder importancia. Personajes de la talla de Carlos Gaviria se dejaron utilizar en estas disputas internas y terminaron avalando el sectarismo y la exclusión. Grupos como el de la familia Moreno Rojas, que no tenía una tradición en la izquierda, pero representaba un interés social genuino de raigambre populista terminaron en alianza con estos grupos radicales para preservar posiciones dentro del aparato. No toda la responsabilidad de la crisis y de la división la tienen estos sectores. Es evidente que Lucho Garzón, Gustavo Petro, María Emma Mejía y Antonio Navarro, no se dieron a la tarea de construir grupos y redes partidarias que les permitieron competir con éxito en el interior del Partido. Se concentraron solo en gobernar y en buscar el favor de la opinión externa y eso no es suficiente. Ha hecho bien Lucho Garzón al decir que Carlos Gaviria no será su rival y que no ahondará en debates con el Polo. Lo pasado pasó. Ahora la izquierda ha vuelto a su realidad. De un lado está el Polo Democrático Alternativo con sus ideas de cambio radical, su bancada parlamentaria y su presencia en algunas regiones. Al otro lado están Lucho y muchos dirigentes locales y nacionales que tendrán que empezar a construir de nuevo, aprovechando el arrastre que tienen en la opinión y buscando a otros sectores al centro del espectro político para intentar forjar un nuevo movimiento con opción real de poder. No va a ser fácil. Pero cuentan con algunas circunstancias que bien aprovechadas les pueden dar victorias inmediatas. En las elecciones locales de 2007 se expresó una gran franja de voto independiente en las grandes ciudades. En Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga, Cartagena e incluso Barranquilla, les votaron a candidatos cuyo emblema era la independencia. No es descartable que una fuerza donde se junten Sergio Fajardo, Lucho Garzón, Antanas Mockus, Enrique Peñalosa, Martha Lucía Ramírez y Gina Parody pueda entrar a disputar, con posibilidades de triunfo, la presidencia al uribismo.
Nueva oportunidad para el texto original del Referendo por el Derecho Humano al Agua.
El Comité Promotor del Referendo saluda y agradece la decisión de la Cámara de Representantes, en pleno, en el sentido de aceptar la apelación interpuesta por el Comité a través del Vocero, Rafael Colmenares, lo cual abre el camino para que se reconsidere el retorno al texto original firmado por más de dos millones de colombianos y colombianas. La apelación comenzó a ser tramitada en la sesión del pasado 21 de Mayo, durante la cual el Vocero la sustentó demostrando que los cambios introducidos al texto original, por la mayoría gubernamental de la Comisión Primera, eran sustanciales y equivalían a una negativa. Dichos cambios, recordemos, excluían el carácter de bien común y público del agua, el derecho humano fundamental al agua potable y la destinación prioritaria de los ecosistemas esenciales al ciclo hídrico a esta finalidad natural. Al tiempo reducían el mínimo vital a un “mínimo gratuito”, apuntalaban la privatización del servicio público de acueducto y alcantarillado e introducían una nueva modalidad de aquella, al convertir en privadas las aguas que “nacen y mueren” en un mismo predio. En la sesión del 21 de Mayo el quórum se disolvió y la sesión se levantó sin tomar ninguna decisión, convocándose nuevamente para el día de ayer, 26 de Mayo, cuando la apelación fue concedida por 66 votos contra 26. La votación a favor involucró a miembros de todas las bancadas, incluidas las que apoyan al gobierno, en un giro inesperado pero esperanzador. El Partido Liberal, el Polo Democrático Alternativo y los representantes indígenas y afrodescendientes mantuvieron su apoyo a la apelación pero se vieron reforzados, en esta ocasión, por numerosos representantes de otras corrientes políticas afectas al gobierno, que como se recordará se opone tenazmente al texto original. El hecho constituye una inusual manifestación de autonomía e independencia del Congreso, lo cual es refrescante para la democracia en Colombia. Varias consecuencias se derivan de la trascendental decisión adoptada ayer. En primer lugar el proyecto de convocatoria al referendo se traslada a otra de las comisiones constitucionales de la Cámara, la cual será designada por la Presidencia de esta. Allí se retomará el estudio del texto original, lo cual dará nuevas posibilidades de examinar su sentido y alcances por fuera de la polarización política generada por el referendo reeleccionista y la pretensión de juntar los tres referendos. En segundo lugar, se aleja esta posibilidad, es decir la de hacer confluir el referendo del agua con el de reelección y se despejan los temores de una utilización del primero en favor del segundo. Teniendo en cuenta que solo quedan ventitres días de la actual legislatura y que el trámite del referendo por el derecho humano al agua, prácticamente vuelve a empezar, será casi imposible que los tres referendos puedan ser votados por el pueblo colombiano en la misma fecha. En tercer lugar, nuestro referendo continuará su trámite en la próxima legislatura, lo cual nos da posibilidades de mejorar la sustentación del mismo y ampliar la movilización social y ciudadana en su defensa. El Comité Promotor comparte con todo el movimiento nacional la alegría por el avance obtenido en el día de ayer y llama a los Comités Territoriales del Agua y de la Vida, en todo el país, a reforzar la vigilancia y la movilización para garantizar la prevalencia de la voluntad ciudadana expresada en los mas de dos millones de firmas que acompañan el texto original. Así mismo agradece la solidaridad internacional recibida de la Red Vida y demás redes y organizaciones que en el mundo luchan por la plena vigencia del Derecho Humano al Agua Potable y se oponen a la privatización del agua y la vida.
Gustavo Petro decidió quedarse en el Polo, dará la batalla por la izquierda democrática dentro del mismo. A más de uno nos cogió de sorpresa esta decisión, pero lo vamos acompañar quizás, a la más importante de todas luchas que hemos librado hasta ahora dentro del Polo los revolucionarios demócratas: la de forjar una izquierda nueva pero de la mano de los ciudadanos.
En la consulta de septiembre se enfrentarán dos izquierdas que pugnan desde los años sesenta y setenta por prevalecer y dirigir los destinos de Colombia. La una, representada por Carlos Gaviria, es una izquierda rancia, chapada a la antigua, que hizo de las tesis del marxismo leninismo un catecismo, una verdad inmutable, una hojarasca, lo que la hace sectaria y dogmática. La otra, la que representa Gustavo Petro, es una izquierda moderna, que sabe leer la realidad colombiana, pluralista, innovadora, que recoge el legado democrático de hombres como Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán y ve en el marxismo una guía para la acción, mas no una verdad que puede transplantarse de un país a otro.
La vieja izquierda aun suspira por la dictadura del proletariado, por la revolución socialista estilo Urss o China hoy ambas en bancarrota y creen que la única manera de conseguir cambios estructurales es por la vía armada. Creen más en el centralismo que en la democracia y consideran más importante el aparato partidario que el favor de la opinión.
La nueva izquierda pugna por un socialismo a la colombiana y hunde sus raíces en nuestra cultura y sus costumbres para seducir a los votantes, y cree que los cambios que amerita la hora son por la democracia y privilegia la lucha política civilizada en contra de todas las violencias. Hacemos énfasis en la democracia, más que en el centralismo y antes que aspirar a controlar el aparato, queremos acompañar a las multitudes a realizar los cambios y a concretar sus sueños.
La izquierda tradicional aspira a que los colombianos, tarde que temprano, asimilemos sus verdades y algún día, aunque lejano, nos dejemos conducir por ellos al paraíso terrenal. Incluso por las malas si es necesario. Ellos tienen la razón, sólo ellos y nadie más que ellos. Los demás somos un poco de ignorantes y hasta de derecha cuando no los comprendemos; pero cuando les copiamos somos unos verdaderos revolucionarios. Para ellos todo es cuestión de esperar a que se “agudice la lucha de clases” para que algún día…algún día, nos podamos “tomar el cielo por asalto”. Es una izquierda de puertas cerradas que le gusta la palabra depurar, purgar, expulsar, excluir. Hoy no están por una convergencia, creen que el Polo solito puede vencer la coalición uribista.
La izquierda moderna trata de comprender lo que quieren los colombianos para acompañarlos en su redención. Nos equivocamos buscando la verdad y no siempre tenemos la razón; en vez imponer sus ideas trata de buscar soluciones entre todos, incluidos los iluminados, para conseguir llevar a cabo los propósitos de las amplias mayorías. Entendemos que hay gente de derecha, de izquierda, de centro, alta, bajita, negros, blancos y mestizos, pobres y ricos, pero sabemos que todos somos Colombia y con todos queremos acordar el futuro. Es una izquierda de puertas abiertas, que nos gusta conjugar la palabra, recibir, acoger, sumar, incluir. Hoy creemos que sólo una convergencia amplia, puede derrotar la coalición uribista.
La consulta de septiembre dirá cuál es la izquierda que los colombianos quieren. Prosoviética, prochina, procubana o procolombiana. Radical o moderada. Guerrerista, negativa y sectaria; o una izquierda pacifista, propositiva y pluralista.
Para bien o para mal en el Polo hemos confluido todos los que nos podemos llamar de izquierda, desarmada claro está, y si bien en la pasada consulta polista entre Gaviria y Navarro el enfrentamiento entre un jurista y un exguerrillero matizó la pugna de las dos izquierdas, hoy es más nítida la contradicción y la gente entiende que detrás de cada candidato hay una mirada, un punto de vista divergente sobre los asuntos políticos, sobre la estrategia, sobre la táctica, sobre la salida a los problemas que nos aquejan y sobre todo un enfoque diferente sobre la guerra y la paz.
Pues bien, el reto está planteado, desde hace más de cuarenta y cinco años las diferentes izquierdas quisieron dirimir quien dirigía los cambios en Colombia y para ello algunas utilizaron todas la armas… ¡todas! No se pudo y todos perdimos legitimidad.
Ahora se plantea que sean los ciudadanos colombianos los que escojan. Por tal razón no hay tiempo que perder, debemos organizarnos y corregir errores, emplearnos a fondo para dar a conocer la diferencia y seducir al electorado por toda Colombia y ganar legitimidad.
La campaña con Petro es una oportunidad para rescatar las bases fundantes del Polo, para reestructurar el viejo PDI y ponerlo en marcha. Por todas la anteriores razones diremos… ¡Compañero Petro, mande usted y acordemos el futuro!