TALLER NACIONAL PROGRESISTA

El 14 de septiembre se llevará a cabo un taller nacional progresista con la idea de debatir la participación del progresismo en la propuesta de integración con el partido Verde y con el movimiento Compromiso Ciudadano, entre otros grupos y sectores.
En la página central de Progresista (http://www.progresistas.co/) encontrarán información complementaria.
El día anterior, jueves 13, se reunirán los jóvenes para analizar su situación dentro del progresismo, y para acercar posiciones sobre el que hacer en estas circunstancias.

PROGRESISTAS

Primer Movimiento Político
de construcción colectiva del siglo XXI

¿QUÉ ES SER PROGRESISTA?

ALGUNOS LO DEFINEN COMO UNA ACTITUD, Y TIENEN RAZÓN. OTROS LO ENTIENDEN COMO UNA CONCEPCIÓN DEL ESTADO, Y TAMBIÉN TIENEN RAZÓN. PERO LOS QUE PERTENECEMOS AL MOVIMIENTO NACIONAL PROGRESISTA SABEMOS QUE ES UNA PROPUESTA POLÍTICA ALTERNATIVA, CUYA DEFINICIÓN ESTÁ EN CONSTRUCCIÓN Y CUYA ORGANIZACIÓN ESTÁ EN PROCESO, Y QUE HA HECHO PRESENCIA EN LA POLÍTICA NACIONAL DESDE HACE MUCHO TIEMPO. (Julián Mejía B.)

Al final del blog encontrarán una propuesta, escrita por Julián Mejía Botero, que de paso recoge otras propuestas y aporta construcciones colectivas hechas en Caldas, y sobre la que podemos seguir buscando consensos. Los invitamos a que la lean y opinen al respecto.

VÍDEO PROGRESISTAS CALDAS

1 de diciembre de 2013

Un testimonio para tener en cuenta en época de diálogos de paz

"'Váyase lo antes posible', me dijo el presidente"

Ese fue el consejo que le dio Belisario Betancur a la periodista y escritora Olga Behar (exiliada durante 14 años) un mes después de la toma y retoma del Palacio de Justicia, cuando un comando militar allanó su apartamento sin orden legal, según cuenta en su libro ‘A bordo de mí misma’, lanzado al mercado esta semana.
Por: Cecilia Orozco Tascón
"'Váyase lo antes posible', me dijo el presidente" “Desafortunadamente muchos periodistas se han tenido que acomodar”, asegura Behar. / Andrés Torres - El Espectador
¿Cuántas veces ha sido amenazada y cuántas ha tenido que salir al exilio?

Ha habido diferentes épocas en las cuales se han presentado amenazas y otras en las que, sin que haya una amenaza evidente, sí se puede percibir una tenue línea entre uno, inerme, y los adversarios armados, y no se sabe cuándo esa línea va a ser traspasada. En mi vida periodística han sido pocos los momentos en que me he sentido enteramente libre. Diría que las etapas de mayor tranquilidad corresponden a los cinco años que viví en México y a siete de los nueve que estuve en Costa Rica.
¿Por qué “siete de los nueve”? ¿Qué pasó en Costa Rica en dos de esos años?
Como lo relato en el libro, el crimen contra un periodista colombiano que vivía en ese país y que fue gran amigo mío, se convirtió en motivo de angustia y tensión, no solo por la amistad que nos unía, sino porque estuve muy cerca de él, dos días antes de su asesinato. Esa cercanía implicó que tuviera que testificar en el juicio que finalmente condujo a la condena de los sicarios.
Con esa zozobra permanente, ¿qué tipo de vida lleva hoy?
Aprendí a tomar medidas que han alterado mi vida, pero no lo dramatizo. Por ejemplo, nunca salgo de noche, no me descuido, circulo por diferentes sitios y no sigo rutinas; viajo mucho y los viajes me permiten bajar las tensiones.
Cuando está en Colombia, ¿se siente más segura que en aquellos años?
Me siento más segura siempre y cuando cumpla con las normas que le cuento y que me he autoimpuesto para mantenerme resguardada. La diferencia es que ya no me siento perseguida por un gobierno ni por las Fuerzas Militares como en otras épocas.
Precisamente, en su libro usted relata momentos muy difíciles cuando ha tenido que salir apresuradamente del país e incluso narra un allanamiento militar ilegal a su apartamento. ¿Cree que las fuerzas estatales de hoy han evolucionado?
Creo que han evolucionado positivamente, en un sentido, y que las posiciones que reflejaban las dictaduras sangrientas del Cono Sur ya no están vigentes. Ese tipo de adoctrinamiento dejó de existir y hoy las normas internacionales hacen que las fuerzas del Estado estén sometidas a convenios que están por encima de los países. Sin embargo, en otro sentido, todavía existen casos como los de los llamados falsos positivos, que son atroces. Es indudable que ha habido violaciones de los derechos humanos plenamente documentadas. Paradójicamente, el drama de nuestro país es que como hemos tenido fachada democrática, no ha habido movimientos de oposición política como los que surgen en contra de las dictaduras. Hay que vivir aquí para saber lo imperfecta y restringida que es, en realidad, esa democracia.
De sus 38 años como periodista, usted ha tenido que vivir en el exterior 14, casi la mitad. Pero muchos otros periodistas no han padecido esa persecución. ¿Por qué su carrera ha sido tan agitada?
Tal vez porque siempre he tenido un compromiso con la democracia y los derechos humanos. Creo que los periodistas, antes que nada, debemos tener vocación similar a la de un sacerdote, un médico, incluso a la del militar o del guerrillero que deciden seguir ese camino arriesgándolo todo. El mío ha sido el de la defensa de la verdad y, en este país, si uno asume esos retos, se pone en el ojo del huracán. Esa es la realidad.
En los informes sobre libertad de prensa en Colombia se reporta que está en buen nivel. ¿Usted desmiente esos informes?
Si uno no se mete en líos, tiene libertad. Es decir, puede criticar un partido de fútbol, relatar cómo fueron las sesiones en el Congreso o cómo se están preparando las elecciones. Puedo hablar de moda o de farándula con ciertas limitaciones. Pero si uno tiene una línea ética, vocacional, y de ahí no se mueve, empieza a encontrar trabas tremendas. Desafortunadamente, muchos periodistas se han tenido que acomodar. Y hay que entenderlos, porque para ellos es su forma de sobrevivir.
¿Qué significa “meterse en líos”?
Controvertir el poder, cualquiera que sea. Ser crítico frente al manejo del Estado o frente a instituciones del Estado, es meterse en líos. Destapar la corrupción o investigar cierto tipo de casos, es meterse en líos. Hacer buen periodismo con alta dosis de investigación e independencia, significa meterse en serios problemas.
Hay una parte del libro que me impactó, personalmente. Se refiere a su evaluación sobre el presidente Belisario Betancur. Lo califica como un jefe de Estado débil y arrasado por otras fuerzas. A Juan Manuel Santos, con su intención de adelantar una negociación con las Farc, ¿le podría pasar lo mismo?
No lo creo. Santos intenta darle gusto a todo el mundo y pareciera que está enfrentando a unas fuerzas muy poderosas en contra de la paz, pero él sí está al mando y Belisario no. Como lo han dicho otros analistas, el 6 de noviembre de 1985 hubo un golpe de Estado no declarado. Le confieso que me dolió mucho cuando escribí las palabras con que describo a Betancur. Pero las puse porque tuve constancia de su personalidad. Le cuento una: cuando fui a la casa presidencial privada a conversar con él, dos días antes de tener que salir del país en lo que se constituyó en mi primer exilio (en México), le pedí garantías para ejercer libremente mi profesión. Él me contestó que ese día había podido resolver la grave situación en mi contra (allanamiento ilegal a su casa), pero que no podía ir más allá.
¿Cómo se lo dijo?
Me dijo: “Olga, esta vez pude resolver la situación tuya, pero no me pidas más garantías porque no las hay”. Me lo soltó en mi cara y ante dos testigos: mi madre, que ya no está, y el abogado Gustavo Gallón. Quedamos perplejos. Después añadió: “Váyase lo antes posible”. Si eso me lo estaba diciendo el jefe de Estado, ¿qué podía hacer yo? Por eso viajé y no regresé sino cinco años después. Creo que él tuvo que sufrir mucho al ver cómo se le desbarataba todo y cómo era incapaz de remontar las dificultades y asumir el control o, incluso, de renunciar a favor del general Vega Uribe, que era quien verdaderamente tenía el mando.
A su juicio, ¿todavía existen los enemigos agazapados de la paz?
No. Pero no porque no haya enemigos de la paz, sino porque ya no están agazapados. De esos quedan dos o tres, pero los demás salieron del clóset durante los gobiernos de Uribe.
Ya pasados los años a los que usted se refiere, ¿reconoce que, como dijeron sus críticos de entonces, traspasó el límite de la neutralidad que se impone a los periodistas frente a movimientos como el M-19?
Hubo en aquella época una generación de periodistas que creímos en el sueño, no de la toma del poder por un movimiento, sino en el de la construcción de una mejor democracia. También hubo unos ideales sobre un periodismo más independiente. En ese sentido, había una identidad pero no en cuanto a armarse para enfrentar al Estado. Y fíjese usted lo paradójico: cuando publiqué mi segundo libro, Noches de humo, al M-19 le pareció terrible lo que escribí sobre el Palacio. Sus exmiembros dijeron que los había dejado al desnudo y que había evidenciado el fracaso de una gran operación que ellos todavía no reconocían como tal. Todo el mundo quedo bravo conmigo: el M-19, las Fuerzas Militares, el gobierno, el presidente. Los únicos que estuvieron satisfechos, y me reconforta que así lo sea, fueron las víctimas.
Perdóneme le insisto: ¿usted perdió la objetividad en sus noticias dada esa identidad a la que alude?
No, no la perdí. Otra cosa es que yo tuviera ideales y que fuera leal a estos. Le hago caer en cuenta, como lo revelo en mi libro, que yo tenía entre mis mejores fuentes a un general de la cúpula del Ejército, lo cual contradice los rumores contra mí. Ahora, también debo decir que no creo que exista la objetividad, porque los periodistas cargamos, como cualquier ciudadano, con un baúl de elementos intelectuales, emocionales, profesionales, culturales etc., que hacen que se construyan los puntos de vista. Yo defiendo el derecho del periodista a tener su punto de vista. En cuanto al M-19, constan las críticas que le hice en muchas ocasiones.
Pero a usted la calificaron de guerrillera en esos años azarosos.
Eso decía de mí el general y ministro de Defensa Vega Uribe, quien me hizo una guerra sin cuartel. La misma guerra que personajes de la vida nacional les hicieron años después a otros periodistas como Daniel Coronell y a tantos profesionales independientes del periodismo colombiano.
Historias no tan olvidadas
Ícono Editorial lanzó esta semana el libro A bordo de mí misma, de Olga Behar, quien ya ha escrito otros cinco sobre conflictivos capítulos de la historia colombiana en los últimos 30 años. En esta nueva publicación, Behar revela detalles de las peligrosas situaciones por las que ha tenido que atravesar durante el ejercicio de su profesión. Es muy crítica con varios jefes de Estado, entre ellos Belisario Betancur, Virgilio Barco y Álvaro Uribe. Precisamente su anterior obra, El clan de los doce apóstoles, la enfrenta judicialmente con Santiago Uribe, hermano del exmandatario, quien la denunció. Behar también menciona al expresidente Andrés Pastrana, quien, coincidencialmente, lanzó el libro Memorias olvidadas, que levantó una polvareda política por el apelativo con que calificó a otro exjefe de Estado, César Gaviria. Sobre Pastrana, Behar cuenta que viajó con ella a Cuba en calidad de periodista director de TVHoy, un noticiero de los años 80 y comienzos de los 90, y que lo “chivió” con una entrevista al líder palestino Yasser Arafat que fue difundida en varias cadenas de Europa y Oriente Medio. La mayoría de los periodistas más conocidos de hoy están mencionados en apartes del recuento de Behar.
Lo peor de ColombiaLa lectura de su libro resulta impactante. Son sus memorias, pero también las de un país atravesado por la violencia. ¿Cuáles episodios retratan lo peor de Colombia en esos años?
Un capítulo que se llama “Amargo noviembre”. Traducir en letras el horror de ese mes de 1985 fue un reto literario: si me introducía en las profundidades del tema del Palacio de Justicia, tenía que reescribir un libro que ya publiqué, Noches de humo. Mi problema era cómo contar la forma en que lo viví sin entrar en las profundidades de lo que sucedió allí. Lloro cada vez que lo releo, sobre todo cuando hablo de Manuel Gaona (magistrado muerto durante la toma guerrillera y retoma militar) y de tanta gente que se perdió para el futuro del país. Hay otro capítulo muy duro: “Sueño de paz”, en donde me refiero al proceso de paz de Belisario Betancur. Y un tercero que se llama “La historia es como usted la cuenta”. Allí relato cuando estoy ante el Tribunal de Justicia y Paz frente a alias Julián Bolívar, uno de los grandes criminales del paramilitarismo. Y él me dice: “Todo lo que usted contó en su libro El clan de los doce apóstoles (sobre paramilitares de Yarumal, Antioquia) sucedió tal cual. Usted no mintió ni en una coma”. Tener esa convicción fue terrible.

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