TALLER NACIONAL PROGRESISTA

El 14 de septiembre se llevará a cabo un taller nacional progresista con la idea de debatir la participación del progresismo en la propuesta de integración con el partido Verde y con el movimiento Compromiso Ciudadano, entre otros grupos y sectores.
En la página central de Progresista (http://www.progresistas.co/) encontrarán información complementaria.
El día anterior, jueves 13, se reunirán los jóvenes para analizar su situación dentro del progresismo, y para acercar posiciones sobre el que hacer en estas circunstancias.

PROGRESISTAS

Primer Movimiento Político
de construcción colectiva del siglo XXI

¿QUÉ ES SER PROGRESISTA?

ALGUNOS LO DEFINEN COMO UNA ACTITUD, Y TIENEN RAZÓN. OTROS LO ENTIENDEN COMO UNA CONCEPCIÓN DEL ESTADO, Y TAMBIÉN TIENEN RAZÓN. PERO LOS QUE PERTENECEMOS AL MOVIMIENTO NACIONAL PROGRESISTA SABEMOS QUE ES UNA PROPUESTA POLÍTICA ALTERNATIVA, CUYA DEFINICIÓN ESTÁ EN CONSTRUCCIÓN Y CUYA ORGANIZACIÓN ESTÁ EN PROCESO, Y QUE HA HECHO PRESENCIA EN LA POLÍTICA NACIONAL DESDE HACE MUCHO TIEMPO. (Julián Mejía B.)

Al final del blog encontrarán una propuesta, escrita por Julián Mejía Botero, que de paso recoge otras propuestas y aporta construcciones colectivas hechas en Caldas, y sobre la que podemos seguir buscando consensos. Los invitamos a que la lean y opinen al respecto.

VÍDEO PROGRESISTAS CALDAS

21 de septiembre de 2013

El problema de una educación de izquierda

 
Las apuestas de algunos sectores de la izquierda  en relación con el paro agrario dejan entrever la ausencia de imperativos pragmáticos y tienen el riesgo de fortalecer a Uribe. Esto se origina en la larga tradición educativa de una buena parte de la izquierda basada en versiones mesiánicas del materialismo dialectico. 
 
A finales del siglo pasado, como asistente de investigación de Jorge Larreamendy-Joerns, amigo y mentor de muchos de nosotros, pude presenciar de primera mano, no sin sorpresa, lo que esto implica, lo que la educación política de la guerra fría le legó a la izquierda colombiana. Jorge me había enviado a diversas universidades de Bogotá a investigar las concepciones existentes sobre el origen de la violencia política en Colombia. El trabajo era tedioso, plagado de lugares comunes, de olvido. Estudiante tras estudiante la respuesta, cuando la había, se reducía a los marcos explicativos unicausales de siempre: la cultura, la pobreza, la intolerancia, el imperialismo, el país de cafres de Echandía. Siempre las mismas miradas desprovistas de sentido, de sujeto, las caras vacías de los adolescentes desencantados de los noventas.
 
Hasta que una estudiante escuchó la pregunta y se le iluminaron los ojos, en lo que parecía ser una señal, un “no todo está perdido” en el ejercicio vacío de la academia:
 
¡Todo empezó con los comuneros!
 
A pesar del entusiasmo momentáneo, y la esperanza que éste implicaba, los análisis posteriores fueron tal vez más preocupantes. En su versión, la historia era una confrontación inevitable de extremos irreconciliables, desprovista de detalles históricos y de matices. Una larga línea de mártires enfrentados a una cadena inquebrantable de opresores. Los comuneros eran iguales a los ejércitos independentistas que cruzaron la cordillera, y estos iguales a los indígenas de Quintín Lame y a los encapuchados de las pedreas. Eran los millones que prometió Tupac. Sus opresores estaban igualmente indefinidos, agrupados en términos abstractos, sin asidero, ni detalles, aferrados al poder sin diferencias históricas, ni intereses económicos, ni culturas. Y esos extremos irreconciliables estaban condenados a enfrentarse eternamente en la espiral eterna que ella llamaba progreso, hasta que, un día al final, las contradicciones llevarían a la victoria del proletariado, una etapa necesaria de la historia. El problema es que en el contexto actual, esta cadena sin matices implica que Santos es igual a Uribe, y Obama igual a Bush. Eso “vayan voten por Nader” diría un amigo mío recordando las elecciones del 2000 y lo que la derrota de los demócratas le trajo a Estados Unidos.
 
Algunos en la izquierda, educados en esta perspectiva, sueñan todavía que el fracaso Santista, y, con este el del proceso de paz, agudizará las contradicciones, la caridad revisionista, los pañitos de agua tibia del capitalismo reformista, y ante el hundimiento de Santos, la gente se levantará y tomará las plazas. Es más probable que un fracaso de Santos implique el retorno del Uribismo al poder. Nuestro Reagan local, empujado por la incapacidad de nuestro Carter.
 
El problema es también que esta teoría le ha cerrado las puertas a la nueva izquierda: la izquierda rosada; esa que sale con banderas arcoíris y que no cree en el socialismo como destino; esa que pelea por el acceso libre a Internet y usa celulares inteligentes para tuitear en las marchas. Esa izquierda, la que se pinta el pelo de rojo y en ojos de los viejos está llena de costumbres burguesas, es el futuro. Y si no es con ellos (con nosotros), no hay proyecto emancipador o lo que se pueda soñar después de la caída del muro: impuestos progresivos, subsidios, control de poderes, educación de calidad para todos, y, por qué no decirlo, un país en paz. 
 
Hace unos meses, tras la caída de Mubarak y ad portas de las elecciones en Egipto, cerré una entrada de este blog señalando que esa era la coyuntura en la que no queríamos terminar: Eligiendo entre el fundamentalismo y el gobierno anterior. Tristemente el tiempo señaló que ese era el menor de los males. Los egipcios salieron otra vez a las calles para derrotar al fundamentalismo vencedor en las elecciones, y con la crisis volvieron los militares. Ese es el peligro de la derrota de Santos: que en el intento de empujar la crisis, la izquierda termine trayendo a Uribe de vuelta. Tal vez sea necesario un presidente de centro - como fue Collor de Mello o los primeros candidatos de coaliciones amplias después de la dictadura en los países del cono sur- antes que la izquierda tenga una posibilidad de poder real en Colombia, y ciertamente es necesario el proceso de paz. Sin paz, no tienen (tenemos) ni chance.  
 
Si la izquierda tiene futuro en Colombia, no es a través de la caída estrepitosa del establecimiento, sino a través una colonización lenta de las vías políticas. Llámenlo institucionalismo santanderista, o la macrovisión uniandina que cree que la confrontación es evitable y debe canalizarse por mecanismos institucionales. Lo cierto es que antes de celebrar por el fracaso santista, hay que temer el renacimiento del Uribismo.
 
Después no digan que no se les dijo. 

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