TALLER NACIONAL PROGRESISTA

El 14 de septiembre se llevará a cabo un taller nacional progresista con la idea de debatir la participación del progresismo en la propuesta de integración con el partido Verde y con el movimiento Compromiso Ciudadano, entre otros grupos y sectores.
En la página central de Progresista (http://www.progresistas.co/) encontrarán información complementaria.
El día anterior, jueves 13, se reunirán los jóvenes para analizar su situación dentro del progresismo, y para acercar posiciones sobre el que hacer en estas circunstancias.

PROGRESISTAS

Primer Movimiento Político
de construcción colectiva del siglo XXI

¿QUÉ ES SER PROGRESISTA?

ALGUNOS LO DEFINEN COMO UNA ACTITUD, Y TIENEN RAZÓN. OTROS LO ENTIENDEN COMO UNA CONCEPCIÓN DEL ESTADO, Y TAMBIÉN TIENEN RAZÓN. PERO LOS QUE PERTENECEMOS AL MOVIMIENTO NACIONAL PROGRESISTA SABEMOS QUE ES UNA PROPUESTA POLÍTICA ALTERNATIVA, CUYA DEFINICIÓN ESTÁ EN CONSTRUCCIÓN Y CUYA ORGANIZACIÓN ESTÁ EN PROCESO, Y QUE HA HECHO PRESENCIA EN LA POLÍTICA NACIONAL DESDE HACE MUCHO TIEMPO. (Julián Mejía B.)

Al final del blog encontrarán una propuesta, escrita por Julián Mejía Botero, que de paso recoge otras propuestas y aporta construcciones colectivas hechas en Caldas, y sobre la que podemos seguir buscando consensos. Los invitamos a que la lean y opinen al respecto.

VÍDEO PROGRESISTAS CALDAS

1 de noviembre de 2010

QUE SECE EL FUEGO


Excelente artículo que nos propone un juego de imaginación que sorprende, sin duda, porque la trampa de la razón nos lleva, irremediablemente, por los caminos  de nuestra historia, lo cual solo aumentará la sorpresa y el disfrute de la lectura. 
RECOMENDACIÓN: LEALO HASTA EL FINAL.
 

QUE SECE EL FUEGO
Por: Yesid Reyes Alvarado  31 Oct 2010 - 9:00 pm
En el aniversario 21 de la toma del Palacio de Justicia, presentamos este texto que hace parte del libro "Que cese el fuego".
La forma en que la República debe enfrentar a los rebeldes no es mediante el irreflexivo empleo de las armas como pretendida manifestación suprema del poder estatal. En estos casos, el recurso a la fuerza solo tiene sentido cuando a través de un ejercicio dialéctico previo se ha puesto en evidencia ante la ciudadanía que el interés de los alzados en armas no es la reivindicación de derechos a favor de la comunidad, sino el insano deseo de usufructuar el poder en su propio beneficio, con prescindencia de los intereses sociales. Si con el ánimo de sofocar a los insurrectos se recurre a la fuerza sin agotar esta etapa previa, se corre el grave riesgo de que los rebeldes víctimas de la violencia estatal lleguen a ser considerados como mártires y los legítimos detentadores del poder estatal como tiranos.
Esto era algo que para los día seis y siete de noviembre tenía absolutamente claro el hombre que habría de decidir la forma de enfrentar a quienes en esas aciagas fecha atentaban contra los intereses de la República mediante un aleve atentado contra algunos de los más importantes servidores del Estado. Era un hombre de reconocida ilustración, honesto entre los más honestos, político con vasta experiencia, dotado de un singular carisma, amante de las letras y orador como pocos se habían visto en su patria.
El reto que que aquella nefasta conjuración novembrina le planteaba no era, sin embargo, como otros que con éxito había afrontado a lo largo de su exitosa vida política, pues sabía que de las determinaciones que entonces adoptara dependía no solo la vida de los conjurados, sino la de los muchos ciudadanos inermes, su destino como hombre público y el de la República cuya custodia se le había confiado democráticamente por esos mismos ciudadanos que ahora depositaban en sus manos el futuro propio, el de sus familias y el de su patria.
Podía optar por la siempre expedita vía de la fuerza, con la seguridad de que sus tropas reducirían a los rebeldes haciéndoles pagar con su propia vida la afrenta cometida contra tan preclaros dignatarios del Estado; arriesgada así su credibilidad frente a los ciudadanos, en cuanto pudieran ver ese intempestivo recurso a la violencia como una actitud más propia de un tirano que de un demócrata; arriesgaba la vida de ciudadanos inocentes que podría perecer a consecuencia de la intervención armada, en especial si alguno de los hombres encargados de ejecutarla, formado para la guerra y no para el arte de gobernador, enardecido hasta el delirio ante la sola perspectiva de entrar en combate, llegase a confundir la democracia con uno de sus símbolos materiales; arriesgaba también la tranquilidad de la República, en cuanto la aniquilación física de los conjurados podría dar lugar a la generalización de un conflicto interno en el que cada uno de los bandos se viera legitimado a recurrir al empleo de la fuerza para someter la voluntad de sus ocasionales opositores.
Podía también, recurrir a sus reconocidas habilidades de orador para enfrentar a los conjurados y con el empleo de esa dialéctica que le condujo hasta las más altas dignidades del Estado poner en evidencia ante la República, lo desatinado de las pretensiones que había animado a los rebeldes a tentar contra algunas de las más altas personalidades de la República; arriesgaba, quizás, su reputación como gobernante encargado de la seguridad de los ciudadanos, al mostrarse indulgente con quienes atentaban en forma tan grave contra la integridad de la clase dirigente; arriesgaba igualmente su imagen frente a las tropas que mandaba, en cuanto podían ver en su recurso al diálogo una muestra de debilidad que le hiciera indigno de permanecer al frente de los destinos de su nación.
Al final, primó su respeto por la democracia, esa democracia que no solo le había colocado al frente de los destinos de su país brindándole la oportunidad de tomar una decisión como la que en ese momento histórico debía adoptar en representación de la ciudadanía, sino que además había encumbrado a su nación por sobre las demás de su época, mostrándola como un ejemplo de convivencia social edificada en torno al respeto de los derechos fundamentales del hombre. Entendió, seguramente, que esa democracia a la que debía tanto la existencia de su país en cuanto sociedad organizada, como su permanencia en el gobierno, no podía ser defendida mediante el empleo de las armas en contra de los conjurados, si con ello se ponía en peligro la vida de ciudadanos inermes, la seguridad de hombres que habían dedicado buena parte de sus vidas al servicio de la comunidad, y la futura tranquilidad de la República; sabía, sin duda, que la forma en que afrontara tan graves acontecimientos, había de marcar para siempre el destino de su país.
Decidió pues, CICERÓN, no utilizar las armas en contra de CATALINA y sus compañeros de conjura; a cambio de ello, hizo uso de su portentosa habilidad oratoria para poner de presente ante el Senado y el pueblo de Roma, las perversas intenciones que habían llevado a CATALINA a atentar contra la vida de algunos cónsules aquella nefasta noche del seis al siete de noviembre del año 63 antes de Cristo, forzándole así al destierro.
Enaltecido como nunca antes lo había sido un civil por la defensa de su país, advirtió que no quería ser honrado con la construcción de estatuas o monumentos en su nombre. Pidió en cambio una sola cosa al agradecido pueblo romano: que jamás olvidara los acontecimientos ocurridos aquellos seis y siete de noviembre y la forma en que él los había enfrentado para beneficio de la República.
Pero el seis y siete de noviembre de 1985, ni mi padre, ni sus colegas en la magistratura, ni quienes ocasionalmente fueron sus compañeros de infortunio, ni la democracia misma, contaban con CICERÓN para que les defendiera. Peor aún: en estas lejanas tierras se había ya olvidados la conjura de CATALINA y se había traicionado la promesa que a través del pueblo romano había arrancado CICERÓN a todos los demócratas del mundo.
1)                 Yesid Reyes Alvarado | Elespectador.com

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